Los líderes socialistas

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Decía George Orwell en El camino de Wigan Pier que pocas cosas hay tan alejadas como un líder socialista y la gente a la que representa. Escribía que, cuando uno piensa en un líder obrero, se imagina a un tipo con un mono sucio y la cara tiznada de hollín, hablando en un lenguaje claro y directo, pero justamente es todo lo contrario.

Los líderes obreros resultaban ser gentes provenientes de familias más que acomodadas, como Marx, que no pisó una sola fábrica en su vida y vivió mantenido por su amigo Engels, que también venía de una buena familia. O Lenin, nacido en el seno de una familia de funcionarios de la Rusia zarista, que entonces era casi como decir de la aristocracia. O Mao, que, pese a que siempre cultivó hábilmente aquella imagen de campechano campesino chino, era propietario de tierras, lo que lo diferenciaba de la inmensa mayoría de los chinos de la época, que sólo tenían sus brazos. O Fidel Castro, un criollo de una familia de terratenientes cubanos. O el Che, cuyo apellido, Guevara, pertenecía a una buena familia bonaerense.

Esto es vital para comprender la diferencia abismal, tanto en la estética como en los intereses, de los líderes del movimiento obrero y los obreros a los que dirigen su discurso. Por tanto, Orwell constataba que, mientras los líderes socialistas hablaban (y siguen hablando) de derribar el capitalismo, subvertir el orden social y abolir la propiedad privada, los obreros querían seguir como estaban pero mejorando sus condiciones. Mientras unos instaban a la dictadura del proletariado, otros (irónicamente los propios proletarios), pedían, sencillamente, jornadas laborales más cortas o mejores salarios. Es decir, lo que ya tenían, pero mejor.

Resulta asombroso que un texto de 1937 no haya caducado después de ochenta años. Los líderes socialistas de hoy se parecen a los trabajadores como los líderes socialistas de antaño a los proletarios. Es decir, como un huevo a una castaña. Pablo Iglesias, Alberto Garzón o Gabriel Rufián. La mayoría son jóvenes salidos no hace mucho de las facultades de ciencias políticas, crecidos en las juventudes de Izquierda Unida o del casi extinto PCE, y que nunca han trabajado fuera de la política, a no ser como docentes. ¿Qué saben de la gente corriente quienes viven rodeados de políticos y politiquillos desde los catorce años? ¿Con qué gente corriente van a relacionarse si, cuando iban al instituto, pasaban el día haciendo folletos políticos que ningún compañero normal leía porque estaban, lógicamente, más interesados en el nuevo Call of Duty? ¿Cómo van a conocer a gente corriente si desde estudiantes han pasado la vida en interminables asambleas, manifestaciones y asentadas, haciendo y leyendo manifiestos inútiles y anacrónicos, y relacionándose sólo con otros como ellos? ¿Hay algo normal en ellos o en sus vidas?

Luego no es de extrañar que no entiendan a la gente normal y que la gente normal no les entienda a ellos. Imaginad a Mari la peluquera o Paco el del quisco, que llega a casa cansado, enciende el televisor, y ve a Eduardo Garzón hablando del impacto de género del soterramiento de la M-30. Están tan alejados de la gente corriente, de sus preocupaciones y anhelos, que ni siquiera entienden el por qué no los votan, y, lejos de preguntarse si el problema es de ellos dicen; es que no nos entienden…

José Tivi