Mensajeros de la ruina


El trágico accidente de Julen, el niño que cayó en un pozo y que, desgraciadamente, fue rescatado sin vida hace dos días, recibió un enorme tratamiento mediático por, prácticamente, todos los medios de información de este país, especialmente la televisión. Esto no gustó a un sector de la “prensa comprometida”. La que no sólo informa, sino se arroga la tarea de transformar la sociedad y las conciencias.


Arsenio Escolar apuntaba la causa de nuestros problemas -cualesquiera que sean- a la “atención extrema” de los medios hacia el caso de Julen, que nos distrae de lo que tenemos que ver, leer y oír en todo momento y sin descanso; corrupción, recortes, “desigualdad extrema”… En otras palabras, cualquier cosa que tenga que ver con presentar España como un país en crisis perpetua.

Porque a esa tarea se han dedicado con admirable perseverancia la prensa de izquierdas de este país; presentar España como un país cuasi tercermundista, que vive una crisis humanitaria que haría palidecer a la de Burundi. Como parece ser que cada vez menos dan crédito a estos mensajeros de la ruina y anunciadores del apocalipsis, ahora están dedicados a la tarea de convertir, para el sentir general, al quinto mejor país para nacer si eres mujer en un infierno machista en el que la vida y la integridad física de la mujer está en constante e inminente peligro.


Ni Arsenio Escolar, ni su hijo Nacho Escolar, ni ningún otro de su clase se ha quejado nunca de que, durante dos años, se nos machacara día tras día con el caso de la Manada de los Sanfermines, por ejemplo.

Me recuerda cuando comenzó a viralizarse por las redes la foto de un niño pequeño muerto atropellado en las Ramblas de Barcelona, en los atentados de 2017. Muchos de los periodistas que desaconsejaron publicar esa dura imagen “para no alimentar el morbo y por respeto a la pequeña víctima” usaron con obscena profusión la trágicamente famosa foto del niño Aylan -de edad similar, y aparecido en una playa en parecida postura al de las Ramblas-. Los periodistas comprometidos son incapaces de separar su ideología de su labor informativa, seleccionando las noticias según cálculos utilitaristas.


Público, un panfleto que haría abochornar incluso al Pravda o al Granma, publicaba en un artículo de opinión que “debería hablarse menos de Julen y más de los niños que mueren ahogados en el Mediterráneo”. De nuevo lo mismo; hay que hablar de aquello que sirva a la “causa”.


¿Por qué les irrita tanto el eco mediático generado por el caso de Julen? Porque ha unido a todo un país, en lugar de dividirlo. Porque ha mostrado una cara de nuestro pueblo que ellos aborrece que se muestre; la de un pueblo solidario, unido y humano, en lugar de un pueblo de miseria material y moral. Aquí, la foto que jamás verás publicada en los medios de los mensajeros de la ruina; la de los mineros mostrando orgullosos tres banderas que no son trapos en los que ningún graciosete se suene los mocos.

José Tivi

Black (lives matter) Panther

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Tenía ganas de analizar la película de Marvel Black Panther, basada en el superhéroe wakandiano Pantera Negra, y que es el resultado de las injerencias en la ficción de las nefastas políticas identitarias yankis, plasmadas en el feminismo del movimiento MeeToo y del antiracismo del Black Lives Matter.

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Ya durante la presentación de Black Panther se dejaba entrever el tufillo progre que emanaba el film al ser presentado como la primera película protagonizada por un superhéroe negro en solitario… Y empezábamos mal, porque a ese superhéroe que venía a derribar barreras se le habían adelantado no un año, ni diez, sino veinte… En 1998 se estrenaba la película Blade, protagonizada por Wesley Snipes, basada, precisamente, en las aventuras de un superhéroe negro de la misma compañía editorial de Pantera Negra (Marvel). La peli de Snipes, además de ser cojonuda y romper la taquilla, no transmitía ningún mensaje progre de “empoderamiento racial”. Uno no veía a un “negro” sino a un superhéroe que salvaba a la humanidad de la amenaza de los vampiros. La raza era absolutamente irrelevante para la historia, como debe ser, porque eso nos permitió empatizar y admirar al protagonista, y flipar con sus acrobáticas habilidades, normalizando el hecho de que era afroamericano. Blade, además, dejó una muy entretenida secuela (dirigida por el estupendo Guillermo del Toro) y una defenestrable tercera entrega. Pero esa ya es otra historia.

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Volviendo a Black Panther; la historia a priori es el sueño húmedo de un hombre o mujer blancos, progre y de izquierdas. La historia se desarrolla principalmente en un minúsculo Estado africano (ficticio) llamado Wakanda, que para la opinión pública no es más que otro país pequeño y tercermundista del África Subsahariana, pero que en realidad es un país impresionantemente (y absurdamente) avanzado que ha decidido aislarse del resto del mundo por… Pues tampoco nos queda muy claro el por qué. En teoría para defenderse, pues temen que los países extranjeros (blancos) les invadan para apoderarse del vibranium, un raro mineral que es la fuente de su súper-tecnología. Pero a lo largo del film nos dejan claro que poseen capacidad tecnológica para conquistar el mundo, si quisieran, ¿de qué tienen miedo, entonces?

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¿Y cómo pueden ser tan prósperos si no comercian con nadie? Se supone que gracias a la tecnología que les proporciona el vibranium, pero, cuando llevas veinte minutos de película, ya te ha quedado más que claro que el vibranium es un deus ex machina del tamaño de la catedral de Constantinopla, que sirve para explicar que tengan naves voladoras, escudos que rodean y protegen todo el país y máquinas capaces de curar heridas insalvables para la obsoleta medicina occidental.

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Por su parte, Wakanda es un Estado ultra-moderno, pacífico (no se aprecian suburbios donde vivan clases sociales pobres), feminista y vegano. Para no cabrear al feminismo identitario tuvieron que modificar el cómic en el que se basa Black Panther. En las viñetas, Pantera Negra tiene una guardia real de mujeres guerreras llamada Dora Milaje, que, además, se sugiere que complacen al rey de otras formas. Por supuesto, el film no podía permitir que Black Panther fuera un machirulo con un harén de bellas mujeres a su disposición, por lo que aquí son meras guerreras. Más absurda es la escena en la que varios personajes comparecen ante M ́baku, líder de una de las cinco tribus que componen Wakanda, y que es el más belicoso de todos. Cuando el agente Everett toma la palabra (el único personaje blanco además de Ullyses Klaw), M ́baku lo amenaza con servirlo como comida para sus hijos. Luego aclara que es una broma y que en realidad son vegetarianos. ¿Todos? ¿La carne está prohibida en Wakanda o es que han alcanzado tal grado de civilización que todos han renunciado voluntariamente a ella? Aunque pretende ser un recurso humorístico, la realidad es que se queda en un ridículo chiste de monjita, de los únicos que autoriza la izquierda en la actualidad.

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Pero lo más absurdo viene ahora. Wakanda, a pesar de ser tecnológicamente superior a cualquier nación del mundo, sigue organizándose políticamente como una monarquía autoritaria. Así es; no hay democracia. El rey wakandiano goza de poder absoluto, que viene dado por la diosa pantera Bastet (monarquía de origen divino, además). Por supuesto, tanto el rey anterior, como su sucesor (el prota), son hombres de moral y conducta intachables, todo altruísmo, bondad y sabiduría. Vamos, que la película de empoderamiento racial convierte a los negros en súbditos de un par de amos benévolos.

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Pero, aún suponiendo que en el mundo real existan líderes así, receptores de todas las virtudes y ajenos a todos los defectos, ¿qué pasa si llega al poder algún indeseable en ese sistema político? Que, de hecho, es lo que sucede, porque el villano de la peli (no el carismático Andy Serkis, sino el insulso Michael B. Jordan), se hace con el poder y se convierte en un tirano despótico que maltrata a los ciudadanos de Wakanda. Es decir, los wakandianos están muy avanzados tecnológicamente gracias a que el azar los hizo poseedores de un milagroso mineral, pero por lo demás están en el paleolítico. Eso no suena a “empoderamiento racial” sino casi a racismo.

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La película, no obstante, está llena de mensajes (huecos, claro) progres de “empoderamiento racial” como algún que otro recordatorio de las invasiones de África o del asesinato de líderes negros, o de los barrios anegados de drogas en América.
Una lástima que no puedas abstraerte del progresismo yanki ni viendo una película de superhéroes, porque podría haber sido tan fantástica, como Blade, y se ha quedado en un artículo de ElDiario.es con CGI.

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En marzo veré Capitana Marvel, y desearía encontrarme con una heroína como la Teniente Ellen Ripley, de la saga Alien, a la que admiro desde mi más tierna infancia, pero algo me dice que veré un producto como Black Panther pero con mensaje “empoderador femenino”. Crucemos los dedos y démosle una oportunidad a Marvel que, en líneas generales, lo están haciendo muy bien.

José Tivi