Hasta siempre viejo

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“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo”, decía el Principito. Lo mismo pasaba con mi viejo gato. Pero puedo añadir que, cuando lo hice mi amigo, yo tenía casi once años, y ahora tengo casi treinta. Cuando mi viejo gato pasó de los dieciséis (edad muy respetable para estos felinos) yo pedí a quien me escuchara que me conformaba con tenerlo un añito más. Cuando pasó ese año, pedí otra prórroga. Y cuando ese plazo también expiró pedí otro. Creo que se lo llevó cuando entendió que no se podía negociar conmigo. Que no me iba a conformar nunca.

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Como tantos otros de su peculiar raza, cuando yo estaba delante de la pantalla del ordenador, escribiendo alguno de los artículos o tweets que habéis tenido que soportar, él estaba hecho un ovillo a mi lado, en un punto estratégico para que yo no pudiera estirar las piernas o acomodarme en mi sitio. Este es el primer artículo que escribo cómodo y no sabéis cuánto lo detesto. ¿Y ahora qué hago con tanto espacio? ¿Cómo voy a darme cuenta de que se acerca el verano, si no lo veo espanzurrado en el suelo? ¿Cómo voy a enterarme de que llega el invierno, si no se me pega como una lapa?
Voy a echarte tanto de menos… Hasta siempre, viejo.

Elementos hostiles

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Francisco Largo Caballero

 

La “comisión de la verdad” del PSOE (que ya deberían haberle puesto otro nombre, aunque sea para no poner tan fácil la comparación con la célebre novela de Orwell, 1984) establecerá una “versión oficial” de la Historia (palabras textuales). Sea cual sea el resultado de la iniciativa socialista, debemos entender que en la Historia (así, con mayúsculas) no hay “versiones oficiales”, sino hechos, que son investigados y estudiados, y sobre los cuáles se ofrecen interpretaciones. Estas interpretaciones son debatibles, por lo que, de primeras, lo que pretende esa “versión oficial” es impedir que exista debate.
Creo conveniente contar, por lo que pudiera sobrevenir después de que tengamos una “versión oficial” de la guerra civil, el trágico y horrible episodio que tuvo lugar en Paracuellos en el otoño de 1936.

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El 4 de septiembre de aquel año, Largo Caballero asume el gobierno de España. Comunista y estalinista, tan sólo tres años antes había dado un discurso en el que exigía la abolición de la propiedad privada, y la instauración de un sistema socialista al estilo soviético. “No dejaremos de luchar hasta que, en cada edificio oficial, ondeé no la bandera tricolor de esta república de burgueses, sino la bandera roja de la revolución socialista”. En 1934, cuando las izquierdas perdieron las elecciones frente a la CEDA, perpetró el anunciado golpe de Estado.

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El día 6 de noviembre, el gobierno de Largo Caballero abandona la capital, ante el avance de las tropas sublevadas. Madrid queda en manos de la llamada Junta de Defensa de Madrid, del general Miaja. Antes había armado “al pueblo”, o lo que es lo mismo, a las Juventudes Socialistas Unificadas; una organización juvenil formada por las juventudes comunistas y del PSOE (que, a esas alturas, era ya un partido totalmente bolchevizado).

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Eran estos jóvenes armados los que, en la práctica, detentaban el poder en las calles de Madrid. En sus filas se encontraba un joven de veintiún años, militante del PSOE, llamado Santiago Carrillo. El mismo día del traslado del gobierno a Valencia, Santiago Carrillo y otros muchos jóvenes dan el salto al partido comunista, que hasta ese momento había tenido una importancia menor, pero cuya influencia iría rápidamente creciendo al amparo de Moscú.

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Ese mismo día, Carrillo fue nombrado Consejero de Orden Público. Un reportero soviético del PRAVDA, llamado Mijaíl Koltsov, que estaba cubriendo la guerra, convence al joven de que la revolución no puede ser aplazada por más tiempo. Koltsov, además de reportero, era un agente del siniestro NKVD (precursor del KGB) y tenía línea directa con Stalin.

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Para hacer la revolución había que eliminar a los “elementos hostiles”; militares, abogados, escritores, intelectuales o cualquiera sospechoso de oponerse a la dictadura del proletariado. Se comienza, por tanto, una precisa operación de exterminio de “clase”. Primero, con presos de las cárceles de Porlier, Modelo y San Antón. Las primeras “sacas” de fusilados se producen el 7 de noviembre, tan sólo un día después de que se constituyera la Junta de Defensa, lo cuál denota las prisas y ansias con que operaron.
Pronto se sumaron a esas sacas gente retenida en las numerosas checas que poblaban Madrid, o que eran detenidas en la calle y enviadas directamente a Paracuellos. Es por ello que casi trescientos de los fusilados identificados fueron menores (el más joven, Samuel Ruiz Navarro, sólo tenía 13 años).

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Los “elementos hostiles” eran trasladados en autobuses municipales de dos pisos, y pasaban controles en, al menos, tres poblaciones, antes de llegar al siniestro y definitivo destino. Esto hace imposible creer que el gobierno no era, como mínimo, conocedor del genocidio “revolucionario” que estaba teniendo

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lugar en Madrid (y que tuvo ecos en otras ciudades controladas por el Frente Popular). Y más cuando el anarquista Melchor Rodríguez, delegado de prisiones, intentó detener las sacas, razón por la cual fue obligado a dimitir el día 14 de noviembre. Volvió a asumir el cargo el día 4 de diciembre y, esta vez sí, consigue detener las sacas “con gran riesgo de su vida”, como consignan algunos testigos.

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El balance fue terrible; al menos 2.500 fusilados (aunque pudieron ser muchos más). Las cifras totales del Terror Rojo sólo en Madrid ascendieron a 20.000.

 

@eltivipata