Las cuatro características de un líder populista

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¿Cómo detectar a un buen líder populista? ¿Cumple Pablo Iglesias con las características de un líder populista? Básicamente hay cuatro características básicas que deben cumplir todo líder populista:

1. Tener un pasado humilde.

Todos los grandes líderes de masas tienen (o dicen tener) una procedencia humilde. Con ello pretenden alienarse con las masas (mayoritariamente conformadas por personas de clases media-baja) y dotar así a su discurso de mayor legitimidad. Todos resaltan con orgullo este origen humilde (sea cierto o falso) como si con ello revistieran de honestidad sus postulados.

Todos recordamos a Pablo Iglesias cuando, aún como tertuliano, decía que ganaba menos de 900 euros con un contrato de interinidad en la Complutense.

2. Reforzar la idea del colectivo.

A ningún líder populista le interesa defender la individualidad sobre la masa. La identidad del individuo deber quedar soterrada bajo el pensamiento uniformado del colectivo. Es por ello que en sus discursos usarán conceptos colectivos con los que sus seguidores deberán identificarse.

¿Os suenan palabras como “gente”?

3. Un discurso excluyente.

El líder populista jamás tiene la intención de representar a todos. A diferencia de cualquier político moderado (sea de derechas o de izquierdas) que dirigirá su discurso a todos los ciudadanos (españoles, en nuestro caso), el líder populista se dirigirá exclusivamente a una parte de la sociedad, a la que llamará “gente” o “pueblo” y le dotará de connotaciones laudatorias y, en contraposición, habrá un sector de “no-gente” o “antipueblo” que es la causa primera de todos los males de los anteriores y, por supuesto, el chivo expiatorio (incluso de aquellos males que sean responsabilidad directa del propio líder populista).

Para Iglesias son el Íbex, las grandes fortunas o el PP.

4. Discurso mesiánico; revolución contra reforma.

Para el líder populista, la reforma de las instituciones públicas ya existentes nunca es la solución. Hay que destruir todo lo anterior para construir algo completamente nuevo (y hecho a su medida, claro), y por tanto tiene cierto carácter mesiánico (pues él es el indicado para llevar a cabo esa renovación).

Para Iglesias, todo lo que se hizo en la Transición no tuvo nada de bueno. En más de una ocasión ha manifestado que sólo fue una pantomima que conservó en el poder a las mismas personas. En otras ocasiones ha dicho que la Constitución del 78 es un cerrojo o que es conveniente “construir un país” o “crear pueblo”, ideas que ha usado con frecuencia en sus campañas.

¿Cumple Pablo Iglesias las características de un líder populista? Juzguen ustedes mismos.

@eltivipata

Los políticos que no amaban la democracia

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Son demócratas declarados –socialdemócratas nórdicos, han dicho en alguna ocasión- y es una constante en sus discursos expresiones tales como “la voluntad de la gente” o la “soberanía del pueblo” para dotar de legitimidad los delirios totalitaristas que engendran en sus mentes. Incluso se permiten dar lecciones de democracia –auténtica democracia, han asegurado alguna vez- al resto de sus adversarios políticos. Pero si algo han demostrado una y otra vez los políticos de Podemos es que son cualquier cosa excepto verdaderos demócratas.

Un verdadero demócrata es aquel que acepta los resultados de unas elecciones no sólo cuando el fallo les beneficia a ellos, sino especialmente cuando éstos le son adversos. A día de hoy –y a la espera de algún sistema más eficaz- no hay mejor procedimiento para sondear la voluntad de la mayoría –que es el fundamento de la democracia- que unas elecciones. Esto no significa que un país sea democrático sólo porque se celebren elecciones en él, pero desde luego no hay democracia si la gente no puede votar. Sin embargo, se da la curiosa circunstancia –o no tan curiosa cuando uno examina las referencias políticas de estos demócratas- que Podemos, Unidos Podemos o cualquiera de sus confluencias o marcas blancas regionales, no han aceptado ni una sola de las elecciones cuyo resultado no les haya interesado.

Rememoremos. Cuando pierden las elecciones generales saltan con todo tipo de acusaciones y excusas; el Gobierno ha dificultado el voto emigrante, ha ganado el voto del miedo, deberían poder votar los chicos a partir de dieciséis años, gobierna Rajoy por un golpe de Estado del PSOE, promovemos un asedio del Congreso el día de la investidura de Rajoy por ser ilegítima… Cualquier cosa menos aceptar que la gente ha elegido y no ha sido a ellos.

Pero en el plano internacional repiten una y otra vez el mismo rechazo a la voluntad popular cuando esta no les secunda. ¿El pueblo colombiano dice no a los narcoterroristas de las FARC en unas elecciones libres? Pablo Iglesias dice indignado que ha ganado el odio y el rencor –yo juraría que sólo había ganado el no-. ¿Gana Trump las elecciones generales de Estados Unidos? Alberto Garzón asegura que ha ganado el fascismo neoliberal.

Básicamente, consultar a la gente sólo es respetable si lo que eligen coincide con lo que ellos desean. Si hay una discordancia entre sus intereses y los deseos de los ciudadanos, expresados mediante el voto, entonces no es respetable ni se puede asumir.

¿Significa esto que el pueblo tiene siempre la razón? No, la gente se equivoca. A menudo, hasta en masa. ¿Significa que uno debe estar siempre de acuerdo con el resultado de unas elecciones democráticas? Evidentemente no, todos tenemos derecho a expresar discrepancia por el resultado de unas elecciones. ¿Significa que podemos no respetar el resultado de dichas elecciones? Eso jamás, y menos si ejerces un cargo público y aspiras a ocupar una posición de poder.

Pero claro, ¿como explicarles algo tan aparentemente sencillo a quienes homenajean con puntualidad inglesa a gente como Lenin o Fidel Castro, que gobernó los destinos de un país sólo porque vencieron en una guerra?

@eltivipata

Ni una menos

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Dónde hay sentimientos no puede haber espacio para el desarrollo de la razón y el juicio. Los centros donde cada cosa –emociones y raciocinio- se origina son estructuras nerviosas diferentes. La génesis de los sentimientos está en el sistema límbico, una de las partes más antiguas de nuestro cerebro en términos filogenéticos, que ya desarrollaron los primitivos peces que moraron en los océanos del cámbrico. Junto con las emociones, el sistema límbico es el responsable de la memoria involuntaria, el hambre o los instintos sexuales.

La razón, en cambio, surge en el córtex; un tejido nervioso de unas diez mil millones de neuronas y casi cincuenta trillones de sinapsis, y que se desarrolló especialmente en los primates –como nosotros-. En el córtex se origina, además del raciocinio, la percepción, la imaginación y la decisión. Los procesos cerebrales más complejos de la biología.

Emociones y razón –juicio o pensamiento- son de naturaleza antitéticas. No se puede emplear el sistema límbico para desarrollar leyes, ni se debe apelar a ellas en un debate –donde dos o más partes deben confrontar ideas y argumentar-. Cuando esto sucede –y es tristemente habitual- lo llamamos demagogia, y es un siniestro instrumento de la ambición política para obtener poder o privilegios. En la tarea de legislar es preciso eliminar cualquier atisbo de sentimientos –lo que requiere un esfuerzo, es cierto- y emplear la razón. Los sentimientos son primitivos y las pasiones, susceptibles de ser agitadas de acuerdo a propósitos políticos o ideológicos de inescrupulosos que ambicionan poder o privilegios.

Cuando una mujer es asesinada por su marido, estos agitadores de pasiones caen cual buitres al olor de la sangre, no para homenajear a la víctima u ofrecer consuelo a sus pesarosos familiares, sino para sacudir miles de sistemas límbicos que saldrán a las calles vociferando ¡ni una menos! y exigiendo mayores medidas, más presupuesto, financiación, incrementos en la subvención de las asociaciones de protección de la mujer y votos para esos partidos “más comprometidos” con esta lacra.

Porque sí, pese a que vivimos en una sociedad muy sensible a la violencia doméstica, esas manifestaciones no son “populares” ni mucho menos espontáneas. Son convocadas, organizadas y dirigidas por asociaciones y movimientos políticos, que se aprovechan de las buenas intenciones de la mayoría de los que se echan a las calles espoleados por el dolor o la indignación. “Politización del dolor” dijo Pablo Iglesias en cierta ocasión

Este tipo de proceder fue el caldo de cultivo para la elaboración de una ley –la Ley Integral de Violencia de Género- que ha suprimido derechos humanos a una parte de la sociedad y que, además, no ha hecho disminuir el problema que pretendía combatir. Una ley redactada no en base a una observación de la realidad social y a un juicio maduro y sopesado –una ley nacida del córtex- sino una ley demagoga, populista, electoralista, agitadora, sectarista de ciertas opciones políticas e ideológicas –una ley del sistema límbico-.

@eltivipata